La vida es demasiado corta, se dijo mientras miraba de reojo por la ventana. Repasó en su mente las cosas que había dejado pendientes en la oficina. Le faltaba enviar el memo a proveeduría para autorizar la compra de la nueva impresora. Había olvidado responder el mail en el que el supervisor del área le preguntaba si podían hacer un descuento especial por volumen a la compañía de seguros, y tenía una reunión a las cuatro de la tarde a la que no iba a llegar. Se acordó de no haber regado las plantas del departamento, ni sacado la basura la noche anterior como le pidió su mujer. Sí le había dado a Susan su beso de las buenas noches, pero no había tenido tiempo de despedirse de ella esa mañana. Un día su hermosa hija se convertiría en doctora o arquitecta, y él no iba a estar allí para verla. Nunca podría terminar el proyecto en el que estaba trabajando hace tanto tiempo. No vería la casa que estaba construyendo con las ganancias de las utilidades de la compañía. No iba a poder visitar a sus parientes europeos, a pesar de haber sacado los pasajes casi con cinco meses de anticipación. El boleto estaría desperdiciado. Con esperanza pensó que tal vez su esposa decidiera hacer el viaje con alguna amiga, o con Susan, aunque sabía que eso no iba a suceder. Recordó que no había hecho por escrito la sucesión de las acciones de su empresa. Una cosa más por la que estaba arrepentido. También lo estaba de no tener en que creer. Le hubiera gustado en ese momento elevar una plegaria, pero hacía rato que había dejado de pensar en que Dios estaba arriba pendiente de todo. A su lado los hombres iban y venían nerviosos, pero desde hacía un rato, habían dejado de gritar y amenazarlos. Todos los pasajeros estaban quietos y algunos mantenían la vista en la ventana, como él, esperando que todo termine. Se miró las manos. Nunca había aprendido a tocar la guitarra como quería su madre. Una pena. Le hubiera gustado. La señora a su lado sollozó muy suavemente. La tomó del brazo. Le recordó un poco a su mamá a los sesenta, luego de la muerte de su padre, cuando se escondía en los rincones tratando de que él no la escuchara llorar. La señora lo miró agradecida. Un poco de consuelo era lo que necesitaba. En sus anteojos vio reflejado su rostro y le pareció que había envejecido como treinta años en treinta minutos. Algunos en la parte de atrás intentaban hablar por teléfono sin lograrlo. Sacó una libreta del bolsillo y trató de escribir algo. Le salieron unos garabatos, como los que hacía cuando estaba en primer grado, hasta que la maestra gordita de ojos claros le enseño una por una las letras. Guardó la libreta. Una azafata gritaba en el fondo. Las cortinas de primera clase estaban cerradas. Como un flash recordó la bicicleta roja y la sonrisa radiante de Susan cuando la encontró junto al árbol esa navidad. Iba a extrañar los cuentos que le leía cada noche. Lamentó haberle dicho a su mujer que prefería esperar un poco más para tener otro hijo. Tengo tantas cosas pendientes, pensó, mientras el Boing 767 en el que viajaba, se estrellaba contra la torre norte del World Trade Center en Manhattan a la altura del piso 96.
Yo estaba actualizando el sitio web de Gimnasia y Esgrima de la Plata cuando Luís entró en el estudio y asomando su cabeza por la puerta dijo algo así como, ¿Vieron que se estrelló una avioneta en el World Trade Center?. Diego siguió concentrado en la pantalla. Yo no pude evitar darme vuelta y mirarlo desconcertada. Él, contento de traer la novedad, siguió hacia su oficina, mientras yo perpleja empecé a tratar de entrar a Internet para ver si encontraba un poco más de información. Ninguna página funcionaba. Pensé esperar un rato, seguir con lo mío, y volver a intentar. Antes, le di un sorbo al café que tenía al lado del teclado y que ya estaba bastante frío. De repente, Luis, volviendo me miró y dijo, no, no es una avioneta, es un 767. Ahora si Diego dejó de mirar el monitor y se dio vuelta. Naaaaa… Si, si, en serio, me llamó Chelo y me dijo que lo están pasando por la tele. Sin pensarlo mucho, le dije a Diego que me iba para casa y le pregunté si podía usar el auto. Me dijo que si, que el de última se iba caminando para la suya, pero que se quedaría un rato más. No me pareció rara, la verdad, su indiferencia. A él le son indiferentes muchas cosas. Llegué a casa, dejé el auto subido a la vereda, abrí la reja y la puerta de entrada lo más rápido que pude y corrí al televisor. Mis viejos estaban parados, mirando sorprendidos el momento exacto en que un segundo avión, en vivo y en directo, a los ojos de miles de millones de personas, chocaba esta vez, contra la torre sur del World Trade Center. No podía entender lo que veía. La gente saltaba desde los edificios, los bomberos corrían desesperados. Todo me parecía increíble. La guerra de los mundos, pensé. Durante una hora no nos movimos para nada de frente al televisor. Ninguno de los tres emitió sonido alguno. La torre sur se derrumbó y con ella se me escapó una lágrima. Mi viejo dijo muy, muy serio, me voy a la oficina, lo sigo viendo allá. Mi mamá se hundió un poco más en el sillón en el que ahora estaba sentada. A mi me dio más pena aún. Toda esa gente, muriendo ante mis ojos. Personas sin futuro, cuyos planes no iban a realizarse. Pensé que no lo merecían. En la TV ya se hablaba de terrorismo, de asesinato en masa, de encontrar a los culpables. Me acordé que no hacía mucho, yo había caminado por esa misma vereda donde ahora cubiertos por el polvo trabajaban algunos bomberos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Todo puede suceder, y hay tantas cosas que tenemos pendientes, tantas cosas que no vamos a hacer. No podía dejar de pensar en esas personas que en un lapso de media hora, habían dejado de existir. Me costaba seguir viendo, pero pensé que era algo que no tenía que olvidar, una parte de la historia del mundo estaba pasando ante mis ojos. Todavía no le había perdonado a mi vieja el no haberme obligado a mirar el sepelio de Lennon allá en el ochenta. Recordé que no hace mucho había visto también por televisión y desde Estados Unidos, como sacaban gente de los escombros de la embajada de Israel en Buenos Aires, y el haber tenido la misma sensación de que las cosas le pasan a los otros. Otro ataque terrorista y yo siempre viéndolo por televisión. La torre norte desapareció en una última y gigantesca nube de polvo que terminó de enterrar toda la tragedia de ese día. La gran manzana quedó cubierta de tierra y escombros, y marcada por un montón de hierros retorcidos. Cansada, y sin soportar más, le dije a mi mamá que me volvía a la oficina. Esperá, ¿No me traés cigarrillos antes?, me dijo, y aunque nunca me gustó que fumara, pensé que ese era el momento perfecto para no decirle nada y comprarle el tan necesitado tabaco. Agarré los 5 pesos que me dio, me puse la campera y salí, caminando despacio al kiosco de la vuelta. José me vio llegar y en seguida agarró una cajita de Victoria Slims, de los que fuma mi vieja. Saqué los 5 pesos del bolsillo, sin darme cuenta del flaquito que había entrado atrás mío a la pequeña despensa. Dame toda la guita, dijo no se bien si a José o a mi. Tengo 5 pesos, nada más, le contesté tratando de sonreír y parecer tranquila. No te alteres pibe, no tengo mucho en la caja, es temprano. Me pareció oír decir a José. El chico me miró y me apuntó con el revolver. Me debo haber movido porque se asustó y escuché el ruido seco del disparo. Sentí un calor intenso a la altura del corazón y mientras caía sobre el piso de baldosas pensé en todo lo que me faltaba por hacer y me dije, la vida es demasiado corta.
11 de diciembre de 2008
La vida es demasiado corta
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Natalia Bonavia
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10 de abril de 2008
Salvo la luna
La muerte me espera cruzando la calle,
la vida me sigue donde quiera que voy.
Las mariposas se aplastan contra
los parabrisas
mientras los hombres se amontonan
en los grandes almacenes.
Y la luna nos mira burlona,
disfrutando.
Los picaportes se mueven sin cesar
a pesar de que todos estamos
encerrados.
Se escapan las palomas al pasar
los viejos caminando
a su lado.
Y mientras gotean sangre los santos
en la iglesia,
los perros se pelean por los rastrojos,
y la luna en el cielo
festeja y se ríe.
Nos hacemos pedazos
perseguidos, cazados,
hormigas domesticando pulgones
que se escapan y vuelven a caer
en las manos de los que los abrazan
y los confunden.
No se encuentran salidas y
cerraron todas las entradas,
nos perdimos todos para siempre
salvo la luna, que nos mira
y se burla.
y que llora…
(17/03/1995)
la vida me sigue donde quiera que voy.
Las mariposas se aplastan contra
los parabrisas
mientras los hombres se amontonan
en los grandes almacenes.
Y la luna nos mira burlona,
disfrutando.
Los picaportes se mueven sin cesar
a pesar de que todos estamos
encerrados.
Se escapan las palomas al pasar
los viejos caminando
a su lado.
Y mientras gotean sangre los santos
en la iglesia,
los perros se pelean por los rastrojos,
y la luna en el cielo
festeja y se ríe.
Nos hacemos pedazos
perseguidos, cazados,
hormigas domesticando pulgones
que se escapan y vuelven a caer
en las manos de los que los abrazan
y los confunden.
No se encuentran salidas y
cerraron todas las entradas,
nos perdimos todos para siempre
salvo la luna, que nos mira
y se burla.
y que llora…
(17/03/1995)

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Natalia Bonavia
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¿Vivir?
Cráteres de concreto
cartones abandonados
pedazos de corazones
desparramados.
Caricias confundidas
con sólidas bofetadas
confusiones de palabras
desperdiciadas.
Maderas que son cortadas
con serruchos de mentiras
demasiado estructuradas
para ser verdad.
Portazos descontrolados
empujones espaciados
montañas de desacuerdos
si solucionar
caminos pavimentados
de mil buenas intenciones
pensamientos egoístas
con disfraz…
y ni una mano
a la que aferrarse
ni un barrilete
con que volar…
(17-04-1996)
cartones abandonados
pedazos de corazones
desparramados.
Caricias confundidas
con sólidas bofetadas
confusiones de palabras
desperdiciadas.
Maderas que son cortadas
con serruchos de mentiras
demasiado estructuradas
para ser verdad.
Portazos descontrolados
empujones espaciados
montañas de desacuerdos
si solucionar
caminos pavimentados
de mil buenas intenciones
pensamientos egoístas
con disfraz…
y ni una mano
a la que aferrarse
ni un barrilete
con que volar…
(17-04-1996)
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Natalia Bonavia
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