25 de octubre de 2007

Una vuelta más



“If you build it, they will come...”
Field of dreams – 1989

Si Don Gregorio hubiera visto “El campo de los sueños” hubiese entendido enseguida lo que estaba pasando. Era el caluroso verano de 1989. El sol no dejaba de brillar. El cemento hervía y la ciudad pedía a gritos un poco de lluvia que no llegaba. Don Gregorio se despertó esa mañana como siempre, muy muy temprano. Con la calma que solo los viejos tienen, puso a hervir un poco de agua en la garrafa amarilla. Por la ventana, el sol ya estaba invadiendo indiscretamente todo con sus rayos. Don Gregorio tiró en el agua dos cucharadas de yerba con palo, de la barata que vendían suelta en el almacén, y agarró el jarrito enlozado para servirse el matecocido. Escuchó un ruido, o algo que venía de afuera, del campito. Raro, pensó, ruido a esta hora…Se asomó por la puerta de chapa de la casita humildísima donde vivía y desde lejos le echó un ojo a la calesita. Nada, seguía ahí abajo de la lona gigante, raída y descolorida. Por un momento vio el carrusel funcionando, girando sin parar lleno de sonrisas y risas, pero la imagen fue tan fugaz que casi ni se dio cuenta y después de parpadear una vez, la lona seguía ahí, triste y lejana. Se tomó el matecocido muy despacio. El sol ya estaba alto y la mañana pintaba calurosa e insoportable. Don Gregorio no podía dejar de pensar en la calesita. Hacia rato que la tenía olvidada, casi ni se acordaba que estaba allí. Saco un banquito reciclado que tenía y se sentó en la puerta de la casilla de guardián donde se había instalado hace tiempo. Miró, miró y miró la lona. Seguía escuchando ruidos raros. Después de un rato largo, de que pasaran más de cuatro trenes por la estación, de que el 161 hiciera como dos recorridos y de que la señora de enfrente volviera de hacer las compras, Don Gregorio se decidió y le sacó la cobertura. La calesita quedó al descubierto. Estaba viejita la pobre, pero de a poco parecía rejuvenecer. Don Gregorio con un trapo más sucio que limpio, empezó a sacarle el polvo a los animales. Los caballos relinchaban cuando los acariciaba, la foca festejaba, los cisnes estiraban las alas, el avión de la primera guerra brillaba y brillaba cada vez más y los autos hacían rugir sus motores. Don Gregorio no lo podía creer. Hacia años que nada tenía vida. No era como antes cuando todos los días se llenaba de chicos que después del colegio iban al parquecito con sus mamás y daban vueltas en la calesita. Hacia rato los nenes tenían otras cosas que hacer, el viejo lo sabía, pero a pesar de que creía que estaba perdiendo el tiempo no podía parar. Siguió preparando todo, prendió el generador a nafta que le habían regalado los vecinos hace mucho, cuando no le alcanzaba para pagar la luz. Cuando los chicos del barrio que habían crecido dando vueltas sobre los animales y le tenían cariño, se dieron cuenta de que necesitaba ayuda, ya adultos, decidieron devolverle un poco de la alegría que él les había ofrecido. La calesita empezó a girar despacio al principio, al ritmo de la musiquita de los veinte, de esas canciones viejas viejas que todos sabemos que los chicos no escuchan mientras dan la vuelta, porque el mundo en el carrusel es mágico y cada uno oye lo que quiere oír. Casi todo estaba listo, faltaba una sola cosa. Entró a su casa, con paso veloz, ese veloz que a cualquiera de menos de 30 le haría perder la paciencia, y salio con algo en la mano. Empezó a lustrar la pera de madera, le acomodó la sortija y se puso las fichas en el bolsillo. Sin querer practicó el movimiento de muñeca a la pasada de la vuelta, imaginándose las pequeñas manos estiradas tratando de agarrar la sortija para tener un paseo gratis. Solo, mirando la calesita sonrió y se le escapó una carcajada. Se vió a si mismo, tonto, absurdo. Hacerle caso a esa voz que le hablaba desde lejos. Se sentó un rato más en el banquito para descansar las rodillas. Ya era pasado el medio día. Es suficiente se dijo, y lentamente se preparó para apagar el generador. De golpe, y ahora si estaba seguro que no era su imaginación, desde la esquina, aparecieron unos chicos que corriendo se acercaron al alambrado. Detrás de ellos las madres apuraban el paso. Llegaban de todos lados: chicos grandes y chicos chicos, nenitos con hermanas, hermanos con niñitas, madres, tías y una que otra abuela simpaticona. Don Gregorio no lo podía creer y regalaba fichas a lo loco, a cuanto nene se acercaba, sin cansarse de hacer jueguitos con la sortija. La calesita estaba llena, como antes y los animales cobraban vida con cada risa infantil. Una señora gorda se acercó al viejo con cara de buena. Que suerte que todavía funciona la calesita. El anciano la miró confundido y en sus ojos ella debe haber adivinado la sorpresa. Son los cortes de luz, vio? Hace unos días que los chicos no tienen nada que hacer a la siesta… El viejo miró con ternura el generador que escupía humo suavemente en un rinconcito del terreno. La calesita dio vueltas y vueltas sin parar y al disco de pasta del tocadiscos hubo que cambiarlo de lado varias veces. Esa noche, Don Gregorio se acostó temprano casi de día, cansado y feliz, pensando en que tenía que comprar más combustible a primera hora de mañana y que al caballo pinto había que arreglarle la montura. Cuando a las 8 en punto volvió la luz y se prendieron todos los televisores de la ciudad, los ojos de grandes y chicos se abrieron enormes para ver la terrible toma de la Tablada y escuchar a Alfonsín, una vez más, defender la democracia con sus palabras calmadas que poco iban a durar y que pocos iban a creer. Crisis energética, muchas mentiras, falsas promesa, militares, terroristas, elecciones… Y la calesita de Don Gregorio dando vueltas en el campito de la estación.

19 de octubre de 2007

Vos...

Un paseo en bicicleta, la sopa de capelettis, todos los almuerzos del secundario, un partido Argentina Italia en 1990 con todos los amigos del cole, los caramelos negros en cajita de plástico que nunca supe de que eran. El cuadernito con las instrucciones para hacer andar la video casetera, los huevos fritos en manteca, el prosciutto, el vasito con fernet, la cacquita y el cuento de la buena pipa. El pañuelo para limpiarme las orejas, la silla de tiritas del jardín, el honguito con luz, las mil diferentes formas de podar la ligustrina. El cuartito del fondo, las herramientas, el tablero hiperordenado. La sirena de Gareff, los fititos, las camisas Pampero, la hamaca hecha con la cubierta, y la otra de madera. Las fotos abajo del vidrio de la cómoda, las boinas y gorras, el olor característico de la ropa. El ropero gigante del cuarto, las fotos de la pesca, los viajes de pesca, las rabietas. Las caricias toscas, las miradas dulces, los ojos claros. Las manos grandes, iguales a las mias, el amor por la nonna, mi apellido. Todo, todo, todo, sos vos.