12 de septiembre de 2007

La guerra en el fin del mundo



Mientras el Hércules aterrizaba con esfuerzo, el cabo Suárez, abría las puertas del galpón y preparaba el espacio para descargar el cargamento que el avión transportaba. Este seguramente era el último de los embarques que llegaría después del bloqueo aéreo que los ingleses habían establecido en casi toda la extensión del Mar Argentino. En Río Gallegos hacia frío y el viento helado le calaba los huesos mientras se apoyaba en la pesada puerta de lata del hangar. A su espalda se amontonaban cajas y cajas provenientes de todo el país. No sabía que había adentro de los cartones, ni tenia ordenes de moverlas, solo las estibaba en el lugar y anotaba las cantidades en una planillita amarilla por la humedad. Cada vez eran más las cajas. A lo lejos, desde la escuela numero 5, la más cercana al cuartel, llegaban unas voces finitas que entonaban temblorosas…tras un manto de neblina... El cabo pensaba en un mate cocido calentito y una torta frita como las que le preparaba su vieja allá en Corrientes. Se moría de ganas de respirar el vapor caliente de su tierra roja. El cielo, que de a poco se ponía violeta mientras se ocultaba en las montañas, le hacia un poco mas placentera la espera. Los motores del avión se apagaron y cinco cadetes corrieron hasta el lugar con el carrito para empezar a bajar el cargamento. Suarez se acerco también para ayudar. Las cajas eran livianas y chiquitas, amontonadas. Algunas estaban abolladas, otras no… Terminaron de acomodarlas y el Hércules dio la vuelta en la pista y se preparó a despegar. Los gendarmes del batallón 54 ya estaban listos. Eran unos cincuenta hombres. Saludaron a los cadetes y subieron al Hércules por la parte de atrás. Allá van, pensó Suarez, allá van... Se imaginaba las islas, más frías que Río Gallegos, más áridas, más tristes. Llenas de humo y muerte. Muy adentro esperaba que la guerra termine pronto o que las cajas no pararan nunca de llegar para no tener que abandonar el puesto. Muy por encima tenia ganas de estar él en el avión y contribuir de otra forma en esa lucha incomprensible. Pensaba a cada rato en los soldados que quedaron en Viedma varados por el bloqueo y que no iban a llegar a tiempo. No sabía bien, si estaban ganando o perdiendo las batallas. Estaba confundido. Los compañeros que venían heridos de las islas le hablaban de combates fallidos, de muertes, de barcos hundidos, de helicópteros derribados. De los ingleses incansables, del frío, de la helada, de la niebla, de los pobladores de las islas. La televisión, con el único canal que se veía por allá, repetidora de canal 7 de Buenos Aires, hablaba de victoria, de recuperación, de las Malvinas Argentinas, de frases como “si quieren venir que vengan”, de patriotismo y de orgullo nacional. Mientras tanto, él seguía amontonando cajas en el fondo del hangar, silbando bajito la marcha de San Lorenzo.
En las costas de las islas, cada tanto, aparecía flotando algo interesante. Georgi, caminaba a la mañana temprano un buen trecho para llegar a la escuela y encontraba pequeños tesoros que las aguas le traían. A sus 12 años todo lo maravillaba. Tenía una colección de botellas japonesas que de seguro los pescadores arrojaban al mar y las heladas aguas traían a la orilla. Siempre había pensado que no era mala idea poner mensajes en ellas y devolverlas para que lleguen al continente y ver si alguien contestaba, pero sabía que allá enfrente no hablaban inglés como él y no estaba muy convencido de querer aprender castellano. Unos días atrás las clases se habían suspendido y ya no lo dejaban pasear por la orilla del mar. Hacía mucho frío, como siempre, había mucha niebla y él no podía salir. A lo lejos escuchaba los aviones que zumbaban volando sobre los techos aislados de la granja. De noche, se oían disparos perdidos en la distancia. Su papá le explicó que estaban en guerra ahí afuera, una guerra sin nombre. Que el lugar donde vivían estaba muy, muy lejos de Inglaterra y muy cerquita de otro país y que los señores del continente querían sus tierras de vuelta. Georgi nunca entendió bien que pasaba con las islas, su hogar. A la mañana siguiente, mientras su mamá estaba distraída cocinando avena, se escurrió por la puerta de atrás de la casa y corrió hasta la colina. Hacia frío y el sol estaba alto y amarillo en el cielo celeste cruzado apenas por unas nubes blancas, demasiado blancas. Muy lejos vio humo y un resplandor como de disparos. No entendió bien que pasaba hasta que escucho el ruido de las armas y se dio cuenta desde donde y hacia donde iban los tiros. Asustado, salió corriendo de nuevo a su casa. Se quedó sentado apoyando la espalda en la pared de la cocina, mirando a su madre terminar de preparar el desayuno, respirando rapidito sin poder pensar. Pasó todo el día tratando de asimilar lo que había visto. Aparecían en su cabeza flashes con la imagen de un grupo de soldados que corrían para evitar las balas. Chiquititos, muy a lo lejos, esos soldaditos que se movían desordenados parecían de juguete. Cada vez que cerraba los ojos los veía. En la televisión de la cocina, cenando con sus padres, miraron un poquito un canal Argentino. No entendía lo que decían, pero le gustó el nombre de la conductora, Pinky, le daba risa. Ella, con un micrófono en la mano, hablaba y hablaba mientras un número se incrementaba en la pantalla. Están haciendo una colecta, dijo su papá, que algo de español entendía e inmediatamente apagó la tele y siguieron comiendo el guiso con carne de cordero que, como estaba calentito y rico lo hizo olvidarse un poco de todo. No tardó en acordarse, y esa noche por más que intentó e intentó, no pudo dormir. Prendió el velador y agarro el libro que tenía en la mesa de luz, Los tigres de Monprasen. Estaba tratando de terminarlo hace rato, pero nunca llegaba al final. De repente, escuchó un ruido intenso afuera de la ventana. Era casi seguro un avión. Se asomó y allá lejos, cerca de la costa, volando a ras del agua, vió a la aeronave. Un avión redondo y grandote que acariciaba las olas apenas sin tocarlas recortado en el cielo de la media noche. Quedó maravillado con esta imagen y sin pensarlo mucho volvió a la cama y siguió leyendo. Sandokán estaba en plena lucha sobre la cubierta del barco con los soldados ingleses liderados por James Brook, quienes lo habían acorralado en la bahía intentando vencerlo, mientras Yañez trataba rescatar a Tremal-Naik aprisionado injustamente por el actual gobernante del imperio británico en la India. Pensando en batallas, triunfos e injusticias, al fin se quedo dormido.
Después de cuatro horas de vuelo el Hércules aterrizó en La Gran Malvina. Venía de volar con las luces totalmente apagadas y a ras del agua gracias al coraje casi inaudito de los pilotos. Todos tenían fe en no haber sido detectados. El cabo Suárez estaba en el fondo del avión, agazapado, abrazado al rifle, nervioso, temblando. A su lado se amontonaban las cajas que él mismo había acomodado para llevar a la isla. Los gendarmes que venían con él, se bajaron alejándose rápidamente del avión. Una ráfaga de disparos calló sobre ellos. Habían sido descubiertos. El fuego se hacia cada vez mas intenso y los soldados corrían a buscar refugio. El cabo Suárez no se movía. El piloto le dio orden de descender del avión, Suárez reaccionó y corrió detrás de los otros valientes. El avión dio la vuelta y comenzó a carretear. Sólo entonces el Cabo se acordó de las cajas. No las había descargado. Se dio vuelta para gritarle al capitán, para decirle que faltaba eso, pero las ruedas del avión ya estaban separándose del suelo. Un compañero lo empujó al piso antes de que una bala lo alcanzara. Estás loco, che! Cubrite!, le gritó mientras lo arrastraba hasta la trinchera. El cabo no podía apartar la vista del Hércules que ya remontaba vuelo. En realidad todos estaban mirando al avión alejarse, símbolo de que todavía esa guerra no estaba perdida. De repente sobre el mar, hubo un estruendo y el Hércules convertido en un globo incandescente se desplomo entre las olas. Suárez, con los ojos húmedos miró a sus compañeros agazapados en la trinchera. Ellos también estaban a punto de llorar. La batería antiaérea del buque inglés había derribado sus últimas esperanzas de victoria y supervivencia.
Por fin ahora si, Georgi volvia a la escuela. Otra vez iba a caminar por la orilla del mar y juntar tesoros. Otra vez podía respirar el aire húmedo con olor a sal y disfrutar el sonido de las olas sin que nada lo interrumpiera. Corrió sobre la arena encantado como si la estuviera viendo por primera vez, saltando cada roca que asomaba. Todo estaba en calma. Como antes. Como siempre. Se concentró en la orilla donde el mar acaricia la costa, buscando alguna cosa que le llamase la atención. De pronto, abrió los ojos, grandes, verdes y sorprendido, aceleró el paso. Flotando a un par de metros de la arena había una caja de cartón, abollada y mojada. Se acercó caminando en el agua sin sentir el frío intenso del mar metiéndose en sus botas. Agarró la caja, la llevó a tierra firme y se sentó en una piedra. Con las manos temblorosas la abrió lentamente. Adentro había una bolsa cerrada. La rompió curioso, con ganas y en el interior, encontró una bufanda de lana. Al desplegarla, cayó al suelo un sobre con unas palabras escritas. Querido Soldado... Georgi no entendía nada pero estaba maravillado. Extendió la bufanda, se la puso, agarró la carta y se la guardó en el bolsillo para llevarla a la escuela. Se fue saltando muy contento, silbando una canción. A su paso las franjas del echarpe flameaban con el viento helado. Celeste, blanco, celeste.... Arriba el sol, alto en el cielo, redondo, lo iluminaba con sus rayos..