Una nueva tarea. Nat respiró profundo y se lanzó a la aventura una vez más. Le gustaba, mientras caminaba, pensar en que le habían encomendado una misión especial a lo cero cero siete. Era un asunto de vida o muerte. El objetivo de hoy, escoltar a la princesa a la base, evitando incidentes, secuestros o accidentes. Cada paso la acercaba cada vez más al peligro y la emoción del trabajo encomendado. Al mejor estilo Brigada A, estaba atenta a que en cada paso nadie la siguiera, a no equivocar el camino y por sobre todo, llegar a tiempo, a la hora señalada para evitar inconvenientes. Dobló en la esquina mirando el reloj y apuró la marcha, ya iban a abrir las puertas. Llegó a la entrada del jardín de infantes y se coló entre la pila de madres, padres y asistentes de transportes escolares que esperaban para entrar. Se paró tímida, delante de todo. Los chicos empezaron a salir de a uno, mirando desconfiados. Cada tanto la señorita encontraba una cara conocida entre la gente y llamaba con firmeza al nene rezagado, que todavía jugaba en las hamacas, para que salga de una vez. Seguramente las maestras también estaban un poco hartas de tanto chico y griterío y querían despacharlos rapidito. Vio como Stef corría hacia la puerta y la vio también detenerse, mirando hacia afuera. Le pareció que tenía la mirada demasiado alta. Claro, estaba buscando a su madre, esperando el resplandor de su sonrisa y obviamente, no lo encontraba. Nat dio un paso adelante, y se colocó más cerca de la entrada. Entonces, casi cuando estaba dándose por vencida y retrocediendo para que salga uno de sus compañeros, Stef, la vio. Una diminuta sonrisa con mezcla de sorpresa se dibujó en su cara. Nat, pensó, si, hoy vine yo… Le hizo señas con la mano y entonces Stef miró a la maestra, señaló a Nat y la señorita le puso un papelito con un alfiler de gancho en el corbatín y la dejó pasar. Salió rápida y confiada, corriendo a los brazos de su hermana. Qué bueno que viniste, dijo en su mente, que bueno. Se dieron la mano y comenzaron a caminar hacia la esquina. Stef todavía no dominaba del todo el lenguaje y a veces le costaba un poco entender, por lo que Nat le hablaba claramente, para que no se perdiera de nada. Que bueno no? Hoy de nuevo tengo tiempo para mostrarte cosas. Mientras caminaban, Nat le contó en colores como se formaba el arco iris, como el amarillo y el azul eran los mejores tonos y de paso, reforzó el concepto de que sí o sí, hay que ser hincha de Boca. Le dijo porqué el árbol de la esquina ahora no tenia hojas, le enseñó que es el Otoño y de còmo se estaban haciendo esfuerzos para que no desaparecieran las selvas en la Amazonía. Ahí tuvo que hacer una pausa y profundizar un poco más, porque Stef no sabía qué era el Amazonas, y tuvo que explicarle que era un río grande grande, más grande que el de la Plata, que es el mas ancho del mundo, le contó de una selva, como en la que vivía Tarzán, cerca del Amazonas, que había empresas que cortaban los árboles sin permiso y hasta un poco de lo que era una organización llamada Green Peace. La pequeña se esforzaba por asimilar todo y miraba a su hermana con ojos grandes, admirada y agradecida. Caminaron rapidito. Llegaron a la parada del 161 y esperaron un ratito. Nat compró unos babydolls (de los de Lelithier) y dejó que Stef se comiera el rojo. Por esta vez, ella se conformó con el amarillo. Un poco desilusionadas vieron venir el colectivo. Va a ser un viaje corto, no te preocupes, son solo 5 paradas. Stef miró con cara de circunstancia. Es un montón!. Al subir, Nat dejó que su hermanita sacara el boleto y el chofer les guiñó un ojo mientras pasaban a su lado. Se sentaron, como siempre, en un asiento de uno, Nat con Stef a upa, para ver por la ventana. Enseguida comenzó el juego que siempre jugaban, Stef preguntaba y Nat respondía lo mejor que podía.
Parada Uno, San Martín y Panamericana, del otro lado.
Stef aprendió cual era el nombre de la calle por la que iban y porque la CocaCola era la mejor bebida del mundo, mucho mejor que la Fanta naranja.Parada Dos, San Martín y Panamericana, frente a la comisaría.
Ojo con la policía, están para cuidarte, pero no te confíes demasiado. Salvo que sean buenos y lindos como los de Chips. La sirenita es una buena película, aunque ya vas a ver que es mucho mejor Volver al futuro, esa que vimos en el cine en Miramar el año pasado, te acordás? Parada Tres, San Martín y Bernardo de Irigoyen.
Hay dos calles Irigoyen, Bernardo e Hipólito, y no tienen nada que ver. Las mejores canciones del mundo son las de Sting. Si, también la del perro salchicha de Maria Elena Walsh.
Parada Tres: San Martín y Mitre. Del lado de acá.
Para entonces, Stef ya sabía cual era la diferencia entre La guerra de las galaxias y Viaje a las estrellas, y que Harrison Ford era hasta entonces el hombre mas lindo del planeta (bueno, con la excepción de Paul Newman, aunque mamá decía que ya estaba viejito). Parada Cuatro: San Martín y Mitre, cruzando. Frente al edificio marrón.
Falta poco para casa. Ya estamos por llegar. Querés comerte el verde? Bueno, está bien, tomá el naranja, el verde se lo guardamos a Giulli.Por momentos, no hablaban y se miraban felices. Nat con ternura tenía ganas de abrazarla, su hermana menor, su todo. Stef, sonriente, orgullosa de su hermana mayor, disfrutaba cada momento, aprendiendo, compartiendo. Las dos, una grande, otra chiquita, a lo lejos eran parecidas, dos etapas de una misma vida, dos paralelas idénticas, salidas del mismo lugar. Ambas imaginaban destinos parecidos. Y seguían pensando juntas, en juegos, en películas, en parques, en playas, en estrellas. Hasta que llegaban a la última parada.
San Martín y Dean Funes. La calle de casa.
Allí se terminaba el paseo, las cinco paradas eternas y mágicas, que les permitían compartir todo y estar más juntas que nunca gracias a que ese día mamá estaba ocupada en otra cosa.
17 de diciembre de 2007
Cinco Paradas
Publicado por
Natalia Bonavia
en
14:55
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